A medida que cambian las actitudes de la sociedad y se intensifican las conversaciones sobre las decisiones del final de la vida, la ley judía aporta un enfoque claro y, a la vez, matizado.

Por un lado, reconocemos el terrible sufrimiento, tanto el dolor físico como la angustia emocional, que puede llevar a una persona a sentir que ya llegó su hora. Al mismo tiempo, somos plenamente conscientes de que la vida no nos pertenece, de que cada instante en la tierra tiene un propósito, y de que no siempre contamos con el panorama completo.

Como regla general, la halajá prohíbe firmemente el suicidio asistido. La vida es un depósito divino de valor infinito, algo que ninguna persona tiene derecho a abandonar o a quitar. A la vez, existen situaciones muy específicas en las que se permite que una persona muera de manera natural, sin prolongar artificialmente su sufrimiento.

Así es como la ley judía equilibra la santidad de la vida y la dignidad del cuidado al final de la vida.

El valor supremo de la vida

El judaísmo otorga el máximo valor a la vida humana. El Talmud enseña que Adam fue creado solo, el único ser humano en todo el universo, para transmitir un mensaje poderoso: destruir una sola vida se considera como destruir un mundo entero, y salvar una vida equivale a salvar un mundo entero.1

Por eso, uno no puede matar a otra persona, incluso para salvar la propia vida, sin importar la condición del otro. Esto incluye a alguien en coma, con deterioro cognitivo, con discapacidad física o con una enfermedad terminal.2

Este compromiso de preservar la vida es tan importante que casi todos los mandamientos se dejan de lado para salvar una vida.3 Incluso se viola el Shabat para preservar la vida.4

Los comentaristas agregan que quien se niega a profanar el Shabat para salvar su propia vida se considera culpable de su propia muerte, y será responsabilizado por ello.5

Y esto se aplica incluso cuando la vida puede prolongarse solo por un breve lapso. Cada instante de vida tiene un valor infinito.6

¿De quién es la vida?

La razón por la cual el judaísmo es tan firme en no quitar la vida es que no es una propiedad personal que alguien pueda abandonar a voluntad. Más bien, somos fiduciarios de Di-s, responsables de custodiar la vida que se nos confió.7

Creemos que cada respiración tiene un propósito, más allá de lo que podemos comprender. Mientras Di-s haya decidido que estamos aquí en la tierra, es porque tenemos una misión que cumplir. Di-s está más allá de nuestro entendimiento, y quizá no sepamos cuál es nuestra misión, pero podemos estar seguros de que existe.

Y cuando esa misión se completa, solo Di-s decide traer nuestras almas de regreso a Él, en el momento que Él considera correcto.

Por eso, las prohibiciones de asesinato y de suicidio comparten el mismo fundamento: nadie, ni otra persona ni el individuo mismo, puede destruir una vida concedida por el Cielo.8

Esto aplica incluso a lo que algunos podrían considerar una vida de “baja calidad”.

La vida no es un medio para un fin; es intrínsecamente sagrada, y su valor no se mide por productividad, comodidad o un resultado esperado. No existe una medida objetiva con la cual calcular el valor de una vida humana.9

Este principio se basa en la enseñanza de la Torá de que el ser humano fue creado a imagen de Di-s.10 Así como es imposible comprender o cuantificar a Di-s, tampoco podemos comenzar a apreciar el valor objetivo pleno de ninguna vida humana.

De ello se desprende que el suicidio asistido se asemeja al asesinato. Por lo tanto, ni los médicos ni ninguna otra persona deben hacer nada que acelere el fallecimiento de alguien.

Al mismo tiempo, reconocemos que no todo tratamiento destinado a prolongar la vida es apropiado. Para entender esto, primero conviene dar un paso atrás y examinar el rol de los médicos en la tradición judía.

¿Qué rol cumplen los médicos?

Hoy, hay quienes sostienen que la relación médico–paciente otorga a los médicos una autoridad especial para tomar medidas que de otro modo serían ilegales. En el judaísmo, sin embargo, el rol del médico es diagnosticar y curar, no contradecir ese objetivo ni actuar en sentido opuesto a la curación.

El mandato de la Torá para los médicos se ve en el versículo “v’rapó ierape”, “curará, él curará”.11 Esta doble expresión es entendida por los Sabios como un mandato de sanar.12

En consecuencia, cualquier participación activa para ayudar a otra persona a terminar su vida queda fuera del mandato de la Torá de sanar y, por ende, fuera del ámbito del médico.

También hay muchas ocasiones en las que los médicos dan un pronóstico irreal y sombrío, presentando el fin de la vida como la única opción humana. La experiencia ha demostrado que muchas personas han vivido más allá de esas predicciones y han celebrado momentos felices, mucho tiempo después de que el sistema médico anticipara su fallecimiento.

Así que no pierdas la esperanza.

Sufrimiento y compasión

Al mismo tiempo, aliviar el dolor y la angustia, incluso de los animales, es en sí una mitzvá.

Un precedente fundamental aparece en el relato talmúdico sobre los últimos momentos de Rabí Iehudá Hanasi. Mientras agonizaba con gran sufrimiento, su sirvienta distrajo a quienes estaban rezando para que siguiera con vida, y él falleció poco después.13 Es importante notar que ella no realizó ningún acto que causara su muerte; solo eliminó un impedimento que estaba prolongando artificialmente el proceso de agonía.

A partir de este episodio, la halajá distingue entre acelerar activamente la muerte, lo cual siempre está prohibido, y quitar un obstáculo que solo retrasa una muerte natural que ya es inminente, lo cual puede permitirse únicamente en circunstancias específicas y definidas de forma muy restringida.

El Ramá, en el Código de Ley Judía, formula esta distinción: “Si hay algo que demora la partida del alma… se lo puede quitar. Pero no se puede hacer nada que acelere la muerte”.14

Implicaciones prácticas, con extrema cautela

Este marco guía los dictámenes halájicos contemporáneos, pero su aplicación es compleja y depende mucho de cada caso en particular.15

El manejo del dolor, incluyendo el uso de narcóticos fuertes o sedación paliativa, está permitido incluso si pudiera acortar la vida de modo indirecto y no intencional, siempre que la única intención sea aliviar el sufrimiento y no acelerar la muerte. Incluso aquí se requiere un criterio médico cuidadoso y guía halájica competente.

Los sistemas de soporte vital y los respiradores no pueden apagarse activamente para provocar la muerte. En casos limitados de un paciente terminal, puede ser permisible no iniciar intervenciones extraordinarias o no curativas que solo prolongan el proceso de agonía, pero esta determinación depende de muchas variables y no puede decidirse en abstracto.

Los rabinos calificados que son consultados en estos temas están profundamente versados en halajá y capacitados para determinar con precisión cuándo aplicar la exigencia de la Torá de salvar la vida a toda costa y cuándo reconocer que ya hemos hecho nuestra parte.

La nutrición y la hidratación, incluyendo sondas de alimentación, generalmente se consideran cuidados básicos más que tratamiento extraordinario, y por ello no suelen retirarse en la mayoría de las situaciones.

Las órdenes estándar de “No reanimar” (DNR) suelen ser demasiado amplias, e instruyen a finalizar la vida de manera más liberal de lo que es aceptable según la ley judía. No deberían firmarse sin una consulta cuidadosa con un rabino.

El valor infinito incluso de la vida breve

Ver sufrir a un ser querido es desgarrador. A veces parece que no hay alegría en el horizonte. Y precisamente entonces ponemos nuestra fe en Di-s y confiamos en que Él tiene un plan, que nuestras vidas tienen un propósito infinito, y que, en última instancia, todo es verdaderamente para bien.

Se alienta a las familias y a las personas que enfrentan asuntos vinculados al final de la vida a comunicarse con su rabino de referencia y/o con la organización Jaiim Arujim.